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Vasco de la Zarza 500 años

 GUÍA BREVE DE VISITA

  1. EL OCASO DEL MEDIEVO

Este primer capítulo, ubicado en la primera capilla de la girola, reconstruye el panorama artístico de la Castilla de finales del siglo XV. Bajo el reinado de los Reyes Católicos, la península se convirtió en un importante foco de importaciones de obras procedentes, principalmente, del norte de Europa. Entre ellas, sobresalen los alabastros producidos en talleres ingleses, sinónimo de riqueza en la época y de los cuales la Catedral de Ávila conserva tres magníficos ejemplares procedentes de Collado de Contreras. Sus actitudes rígidas responden al hecho de que se produjeron de forma masiva, aunque lo más destacado lo constituye la conservación de su policromía original, que confieren al grupo una estudiada sensación de riqueza y armonía.

Por otro lado, los territorios de Flandes y de los Países Bajos fueron los centros productores con los que se establecieron más relaciones, lo que conllevó a la introducción de obras procedentes de los talleres de Malinas, Bruselas o Amberes, principalmente de pequeñas tallas destinadas a la devoción particular, como la pequeña imagen de la Virgen con el Niño presente en esta primera sala. En Castilla comenzaron a producirse obras basadas en estos modelos nórdicos, conocidas como hispanoflamencas, que dieron lugar a una destacada producción de pinturas y esculturas generalmente destinadas a los retablos, con ejemplos tan destacados como la Piedad procedente de la ermita de la Vacas o el retablo dedicado a San Miguel de la parroquia de Vicolozano.

No obstante, la alta demanda de encargos conllevó asimismo la llegada de artistas foráneos formados en talleres nórdicos, como Copín de Holanda, activo principalmente en Toledo. En la provincia de Ávila se conserva una importante obra, el conocido como “retablo del marquesito”, en Fuente el Saúz, del que forma parte el grupo de la Piedad acompañada de San Juan y María Magdalena. En ella se produce una simbiosis entre la escultura gótica y los primeros intentos de aplicar las novedades renacentistas, visibles en la intención de generar actitudes que huyen del estatismo, como el gesto de la Magdalena enjugándose el rostro con un pañuelo.

Esta primera sala se completa con un cantoral realizado por Juan de Carrión y Antonio Bocanegra que da muestra de la importancia que alcanzó el arte de la miniatura a mediados del siglo XV, destinada a la decoración de estos grandes libros mediante la composición de pequeñas escenas y orlas que decoraban las páginas que contenían las letras de los cánticos que acompañaban a las celebraciones.

  1. LA NUEVA MODERNIDAD

A pesar de la predilección en Castilla por las obras flamencas, a finales del siglo XV comenzaron a surgir artistas que optaron también por aplicar los modelos italianos. Entre ellos, destaca la figura de Pedro Berruguete, del que se presume una formación en el taller que Piero della Francesca había creado en la corte de Urbino. A su regreso, consiguió unir las soluciones flamencas con las novedades aprendidas en Italia, como el estudio de la perspectiva, lo que lo convirtió en el pintor más destacado de su tiempo. Uno de sus últimos encargos fue el diseño y ejecución de un nuevo retablo mayor para la Catedral de Ávila. Dedicado al Salvador, la obra se estructura en tres grandes cuerpos: el primero presidido por los Evangelistas y los Padres de la Iglesia y los otros dos dedicados al ciclo de la vida de Cristo. No obstante, Berruguete únicamente pudo concluir las ocho tablas del cuerpo inferior y las dos de la Oración en el Huerto y la Flagelación. Para concluir el trabajo se contó con otros dos pintores formados en la órbita del maestro, Bartolomé de Santa Cruz y Juan de Borgoña, que concluyeron el encargo.

Las tablas se estructuran en una destacada arquitectura en la que se combinan elementos góticos -los doseles que enmarcan las tablas- y renacentistas, a base de columnas abalaustradas y grutescos. La historiografía apunta a Vasco de la Zarza como el encargado del diseño de su arquitectura, lo que le pudo haber puesto en contacto con Pedro Berruguete, del que tomaría algunos modelos. Asimismo, Zarza recibió el encargo en 1518 de realizar un rico sagrario en alabastro, concluido en 1522. La singularidad del modelo remite a un vasto conjunto de sagrarios y retablos italianos de las últimas décadas del siglo XV y primeras del XVI. Esto, unido a la construcción de un sagrario en la predela del retablo, evidencia su carácter vanguardista, pues dicha práctica no se generalizaría hasta después del Concilio de Trento. El sagrario, a modo de retablo, representa el ciclo de la Pasión, como base del sacramento de la Eucaristía.

La influencia de la obra de Pedro Berruguete en otros enclaves de la ciudad queda de manifiesto en el conjunto de sargas procedentes de la parroquia de San Pedro y que servían de puertas de un órgano cuya caja fue diseñada por Vasco de la Zarza. Atribuidas al Maestro de Riofrío, representan la Anunciación, San Pedro y San Pablo, los santos Juanes y una pareja de profetas que se veían en función de si las puertas se abrían o se cerraban. Este conjunto enmarca en la sala la imagen del Cristo de las Batallas, obra en terracota fechada a finales del siglo XV que constituye uno de los ejemplos más tempranos de producciones italianas en la península.

  1. VASCO DE LA ZARZA, MAESTRO

Es el capítulo central y más destacado, dedicado a presentar a Vasco de la Zarza como una de las piedras angulares del Renacimiento, teniendo como pieza angular el portentoso monumento fúnebre de Alonso de Madrigal “el Tostado”. Junto a él, destaca el pequeño relieve en alabastro del Ecce Homo, uno de los ejemplos más tempranos que conocemos en la escultura hispana de la adopción de este modelo de relieve marmóreo que gozó de una amplia difusión en el Quattrocento italiano. Junto a él, se expone un fragmento del túmulo funerario que Zarza diseñó para Beltrán de la Cueva, hombre de confianza de Enrique IV y de los Reyes Católicos. Procedente de la Catedral de Segovia, la obra se encuentra hoy dispersa entre Cuéllar, el lugar para el que fue erigida la obra, el Museo de Valladolid o la Hispanic Society de Nueva York.

Por otro lado, la renovación artística que se fue extendiendo por los territorios hispanos supuso la transformación de los modelos del medievo, siendo uno de los más destacados el de la Virgen con el Niño. Las obras del imaginero alemán Alejo de Vahía, activo a principios del siglo XVI en el norte de Castilla, representa el final de la tradición artística medieval. Junto a la Virgen de la Leche procedente de Morales del Vino (Zamora), se exponen cuatro representaciones de la Virgen con el Niño de Vaco de la Zarza, Felipe Bigarny, Diego de Siloe y Pedro de Salamanca, escultores todos ellos herederos de la plástica italiana en las que pueden leerse los modelos de Leonardo, Rafael o Miguel Ángel.

Por último, este capítulo se cierra con la figura del Tostado, al que Vasco de la Zarza realizó su monumento fúnebre, una de las más bellas creaciones del Renacimiento hispano. Frente a su figura sedente, símbolo de los nuevos tiempos en su época, se exponen por primera vez dos incunables fechados en 1491 que recogen los Comentarios al Evangelio de San Mateo que escribió el insigne prelado abulense.

  1. DESPUÉS DE ZARZA: LA ESCUELA ABULENSE DE ESCULTURA

Vasco de la Zarza dirigió un importante y extenso taller integrado por escultores, entalladores, carpinteros y canteros. Tras su muerte en 1524, sus modelos fueron asumidos por aquel grupo de colaboradores que conformaron lo que se ha denominado Escuela Abulense. Dirigida en un primer momento por Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, la Escuela desarrolló plenamente los arquetipos renacentistas que habían aprendido de Zarza. Con el paso de los años y la llegada de escultores más jóvenes, esos arquetipos fueron reemplazados por los nuevos modelos manieristas. Cornieles de Holanda, Pedro de Salamanca o Isidro de Villoldo tomaron de Alonso Berruguete o Diego de Siloé una nueva forma de entender el arte, aunque sin dejar de beber de las fuentes clásicas. La Escuela Abulense mantuvo una intensa actividad hasta mediados de la década de 1550, motivado por la alta demanda de encargos por parte del Cabildo y de la Diócesis. Sus obras, por lo general, se caracterizan por una mayor preocupación por la funcionalidad para favorecer el cumplimiento de los plazos, en ocasiones en detrimento de la corrección estética. No obstante, la herencia recibida de Vasco de la Zarza hará que no se olvide la búsqueda de la calidad técnica y artística.

La exposición cuenta con destacadas obras de este grupo de escultores abulenses, entre las que destaca el calvario que Pedro de Salamanca realizó en 1544 para el retablo de la iglesia de Riocabado o los relieves de la Virgen de las Angustias de San Nicolás o el de la Lamentación sobre Cristo muerto de la ermita de Nuestra Señora de la Cabeza. En todas ellas repite unos rasgos similares, a base de ojos rasgados y bocas torcidas en los rostros de las figuras, planteadas mayormente con posturas forzadas que le permiten definirse como un artista plenamente manierista. Pedro de Salamanca fue el escultor más prolífico de la escuela, principalmente dedicado a la elaboración de retablos, hecho que se ejemplifica por medio de tres pequeñas figuras de santos en altorrelieve procedentes de Cardeñosa y de San Miguel de Serrezuela; además de la imagen de la Asunción de Narros del Castillo.

La última capilla está dedicada a Isidro de Villoldo, uno de los mejores escultores de la órbita abulense. El centro lo ocupa el grupo del Bautismo de Cristo, procedente de la iglesia de San Juan de la Encinilla, en la que demuestra un elevado conocimiento de los modelos italianos de la época a los que tuvo acceso a través de los grabados y dibujos que debió conocer en el taller de Berruguete. Junto al grupo se expone un pequeño tondo en alabastro que representa a la Virgen con el Niño y San Juanito de Bonilla de la Sierra, una de sus creaciones más delicadas e inspirada directamente en los modelos de Rafael. Además, procedentes de Muñosancho, se exponen dos figuras de la Virgen y San Juan y un sagrario que formaban parte de un retablo del desaparecido convento de Candilejo. El sagrario constituye uno de los escasos ejemplos que sobrevivieron a la colocación de tabernáculos barrocos a partir del siglo XVII.

LAS OBRAS DISPERSAS

Además del espacio de la girola, la muestra cuenta con otro conjunto de obras repartidas por los espacios de la catedral, como la pila bautismal o la crestería del claustro, obras de Vasco de la Zarza. No obstante, las más relevantes son el trascoro y la sillería del coro, que constituyen dos de las mejores creaciones de la Escuela Abulense de Escultura. El trascoro, diseñado por Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, comenzó a construirse años antes de que comenzaran las obras del propio coro, lo que demuestra que existió una sillería anterior a la actual en el mismo espacio; posiblemente la primitiva estructura gótica que anteriormente había ocupado el espacio del presbiterio. Realizado en piedra caliza y granito, el trascoro es un inmenso retablo en el que se desarrolla un programa iconográfico dedicado a la infancia de Cristo, compuesto de las escenas de la Adoración de los Magos, la matanza de los inocentes y la presentación del Niño en el templo. Todas ellas flanqueadas por las efigies del rey David, antecesor de Cristo, y del profeta Isaías.

Por su parte, la sillería del coro fue erigida a partir de 1535 sobre un proyecto de Cornieles de Holanda. El Cabildo le encargó a este último una sillería basada en el modelo de San Benito de Valladolid, donde Cornieles había participado como entallador junto a Andrés de Nájera y muy posiblemente también en compañía de Isidro de Villoldo. Precisamente, la primera obra en la que aparece recogido el nombre de Villoldo es esta de la sillería, en la que actuaría como su principal escultor, diseñando los relieves que ocupan los respaldos de los sitiales y de la crestería. La sillería se estructura formando una “u” y está dividida en dos órdenes de sillas, separados por un tornavoz corrido. Los relieves están dedicados a los santos, de manera que en el orden inferior se recoge un pasaje de su vida, en el superior una representación en relieve y en la crestería una figura de bulto en altorrelieve. La cátedra, el espacio reservado al obispo, la ocupa el relieve de San Segundo, el único que se encuentra policromado, como una manera de reflejar la importancia que en la época tuvo su figura para la Catedral como una manera de reivindicar su carácter apostólico.

Junto al coro y al trascoro, forman parte de la exposición la pareja de retablos dedicados a Santa Catalina y San Segundo, realizados por Juan Rodríguez, Lucas Giraldo e Isidro de Villoldo siguiendo los diseños de Zarza. El maestro había diseñado también la mesa del retablo de San Bernabé, la mejor obra de Villoldo y que actualmente ocupa la sacristía. Se compone de dos cuerpos, tres calles y un ático, presidido por la escena de la flagelación de Cristo. A los lados se ubican Pilatos lavando su manos y el profeta Josefo rodeado de sabios. El cuerpo inferior lo ocupan San Pablo y San Andrés enmarcando la figura de San Bernabé, cuya fuerza recuerda los modelos de Miguel Ángel que Villoldo debió conocer en el taller de Berruguete. El sentido teatral que caracteriza a las creaciones de Villoldo se materializa en la escena superior, compuesta de dos ángeles que retiran una cortina que permite contemplar la figura del Ecce Homo. Todo el aparato decorativo se compone de recursos inspirados en la Antigüedad, como las parejas de sátiros que sostienen los espejos que coronan las veneras del ático o los mascarones de los capiteles de las columnas abalaustradas.

Por último, en el Museo de Ávila, se encuentra el sepulcro que Vasco de la Zarza realizó para Bernaldino de Barrientos, procedente de la iglesia del señorío de Serranos de la Torre (Zapardiel de la Cañada, Ávila). El Museo de Ávila custodia la cama sepulcral y el yacente de alabastro, mientras que el arcosolio que enmarcaba el conjunto se conserva en su ubicación original. La obra, creada hacia 1515, es muy representativa de la extraordinaria dedicación de Zarza a la escultura funeraria. En la primera planta de la Casa de los Deanes, un pequeño relieve de alabastro de producción flamenca cierra el catálogo de la exposición.

Ismael Mont Muñoz

Fernando Rodríguez-Piñero Jiménez